¿De dónde salió eso de «pelo malo»? Hablemos de historia y prejuicios
¡Hola, rizadxs!
«Tienes el pelo malo»
«¡Ay, qué difícil es peinarte!»
«Con lo bonita que te ves cuando te alisas»
¿Te suenan estas frases? Puede que las hayas escuchado en casa, en la escuela, en la peluquería o que incluso las hayas dicho alguna vez sin detenerte demasiado a pensar en ellas.
Muchas crecimos escuchando que nuestro cabello era difícil, rebelde, duro. Que había que estirarlo, domarlo o hacerle algo para que se viera bonito. Y cuando escuchas lo mismo una y otra vez, llega un momento en que puedes terminar creyéndotelo.
Pero… ¿alguna vez te has preguntado de dónde salió eso de «pelo malo»? ¿Quién decidió que nuestro pelo estaba mal y que había que cambiarlo?
En el blog de Lo Llevamos Rizo hoy queremos conversar sobre este tema porque, aunque parezca una simple expresión, detrás de esas dos palabras hay mucha historia. Una historia que nos ayuda a entender por qué todavía hay personas que sienten que necesitan cambiar su cabello para verse bonitas, sentirse aceptadas o encajar en determinados espacios. Y también nos ayuda a entender por qué es importante cambiar esa historia.
¿Quién dijo que nuestro pelo era malo?
Para entenderlo, tenemos que mirar hacia atrás, a la historia de la esclavitud y el colonialismo, y a una sociedad que durante siglos colocó los rasgos europeos como modelo de belleza y de prestigio.
El color de la piel, los rasgos faciales y la textura del cabello no fueron ajenos a las jerarquías raciales. Mientras los rasgos asociados a Europa se valoraban como superiores, los de origen africano eran despreciados y utilizados para justificar desigualdades.
El cabello afro también sufrió las consecuencias de esa mirada.
Lo que hoy conocemos como afro/rizado, con su volumen, sus rizos apretados y sus distintas formas y texturas, fue asociado con frecuencia a lo indeseable, lo poco refinado o lo que debía corregirse. El cabello liso, en cambio, se convirtió en una referencia de belleza y de apariencia respetable.
Y así se fue instalando una idea muy dañina: que para verse bien había que alejarse, en la medida de lo posible, de los rasgos que nos conectan con nuestra herencia africana.
La expresión «pelo malo» no tiene una única fecha de nacimiento que podamos señalar con certeza. Su uso y su significado pueden variar según el contexto, pero sí podemos reconocer la historia de racismo y jerarquías raciales que ha contribuido a desvalorizar los cabellos asociados a la ascendencia africana.
Visto hasta aquí, el problema nunca fue que nuestro pelo naciera con una forma determinada. El problema fue que, como consecuencia, aprendimos a valorar unas texturas por encima de otras, como si unas fueran buenas y otras malas, como si unas fueran mejores y otras peores.
Nuestro cabello no nació siendo malo. Aprendimos a mirarlo de esa manera.
¿Y por qué todavía asociamos el pelo afro con lo malo?
Puede que hoy no escuchemos tan a menudo los mismos discursos de otras épocas, pero eso no significa que los prejuicios hayan desaparecido. Muchas veces siguen ahí, escondidos en comentarios cotidianos, en expectativas sociales y en ideas que hemos aprendido a repetir sin cuestionarlas.
¿Cuántas veces hemos escuchado que alguien tiene que «peinarse o arreglarse» cuando lleva su afro suelto? ¿Cuántas veces se ha confundido el volumen con el desorden o se ha considerado que un cabello rizado necesita estar recogido para verse presentable?
Pensemos en algo: una persona puede llevar el cabello liso despeinado y su apariencia se interpreta como desenfadada, incluso puede pensarse que en el camino el viento sopló. Sin embargo, cuando una persona afrodescendiente lleva su textura natural, todavía puede encontrarse con miradas, comentarios o preguntas que ponen en duda si está bien peinada.
¿No te parece injusto?
Esa diferencia tiene todo que ver con los cánones de belleza que hemos heredado. Desde la colonización de America Latina y el Caribe, hace más de cinco siglos, se han construido y transformado cánones de belleza que han privilegiado determinados rasgos europeos y han contribuido a desvalorizar los asociados a la ascendencia africana.Y cuando el cabello afro no encaja en ese molde, es nuestra textura la que termina siendo cuestionada.
A veces ocurre en una entrevista de trabajo, otras, en el aula, en una reunión familiar o delante del espejo, cuando nos preguntamos si nuestro pelo estará «demasiado grande» para la ocasión.
Y otras veces aparece en forma de un comentario que parece inofensivo: «Cuando te alisas el pelo te ves más bonita».
Quizás quien lo dice no pretende hacer daño, es lo más probable. Puede que también haya crecido escuchando lo mismo. Pero las buenas intenciones no eliminan el efecto que pueden tener estas palabras, especialmente cuando las escuchamos desde las edades más tempranas.
Porque cuando una niña escucha constantemente que su cabello es difícil, que no se ve bonito o que hay que modificarlo para estar más presentable, puede terminar creyendo que hay algo malo en ella que es necesario cambiar.
Y ahí es donde el asunto deja de ser solamente una cuestión de pelo.
Cuando aprendemos a mirarnos con los ojos de los demás
¿Recuerdas cómo te sentías con tu cabello cuando eras pequeña? ¿Te gustaba llevarlo suelto o preferías recogerlo para evitar comentarios? ¿Alguna vez sentiste que tenías que alisártelo para verte más bonita?
Cada una tiene su historia, y no todas hemos vivido las mismas experiencias. Pero muchas mujeres afrodescendientes conocemos esa sensación de tener que negociar con nuestra apariencia para sentirnos aceptadas.
A veces, esa relación empieza a construirse en casa, otras, en la escuela, cuando alguien se burla de nuestros rizos, o en la peluquería, cuando el primer objetivo de la peluquera parece ser estirar el cabello en lugar de ayudarte a conocerlo y enseñarte a cuidarlo.
Con el tiempo, esos mensajes pueden instalarse en nuestra manera de pensar. Empezamos a preguntarnos por qué yo no nací con el pelo liso, a comparar nuestra textura afro con otras texturas rizadas, a frustrarnos porque nuestros rizos no se comportan como los que salen en una fotografía o a sentir que nunca conseguimos que nuestro pelo se vea lo suficientemente bien.
Y podemos llegar a creer que somos nosotras las que nacimos en este mundo con un problema: el pelo.
Pero… ¿y si el problema no fuera nuestro pelo? ¿Y si el problema fuera de quienes construyeron ese supuesto canon de belleza ideal? ¿Y si lleváramos siglos intentando adaptar nuestro cabello a unas expectativas que nunca tuvieron en cuenta sus características reales?
Esto no significa que alisarse sea malo, que cambiar de peinado sea un error o que debamos sentir vergüenza por las decisiones que tomamos en el pasado. Muchas hemos pasado por diferentes etapas con nuestro cabello, y cada una merece ser comprendida sin culpa.
Lo importante es reconocer que nuestra autoestima no debería depender de cuánto se acerque nuestra apariencia a un ideal que fue impuesto.
Podemos mirar hacia atrás con cariño, comprender lo que nos llevó a tomar determinadas decisiones y empezar a construir una relación diferente con nuestro cabello.
Una relación en la que el cuidado no sea un castigo, el espejo no sea un campo de batalla y la belleza no dependa de corregir nuestra textura.
Continuará…
En la segunda parte hablaremos de libertad, de cómo recuperar la capacidad de decidir sobre nuestro cabello y de lo que significa para Lo Llevamos Rizo la soberanía estética. Porque conocer la historia importa, pero también importa qué hacemos con ella.
¿Alguna vez te dijeron que tenías el «pelo malo»? Si quieres, cuéntanos tu experiencia en los comentarios.
Con mucho amor y respeto,
El equipo de Lo Llevamos Rizo